Proyecto cara de col | Proyecto caracol

Fase posdoctoral. Previsión de fondos para actuaciones extemporales

CC 4,0 Reconocimiento no comercial. Con la tecnología de Blogger.
  • COLABORANDO
  • NOTICIANDO
  • PUZLESÍA: RETALES EN PROYECTO

La primera vez que me prohibieron los dipper tenía doce años. Fue en el colegio. Una cuidadora me lo hizo saber de muy buenas maneras en la hora del descanso. Desde entonces, han sido mi debilidad. Mi único punto vulnerable.

Dieron las siete de la tarde, llevaba todo el puto día trabajando como un animal que no sabe parar si el trofeo es una pieza de carne después de siete días sin probar bocado. En mi caso tecleaba. Mi pieza de carne era la posibilidad de controlar cada vez más el minúsculo mundo virtual. En segundo plano, de forma imperceptible, mi inconsciente andaba centrando su atención en dos píxeles fundidos de la pantalla que llevaban varios meses haciendo de las suyas. El momento del cambio de guardia fue el tercer píxel.

—Me voy. ¡A la mierda! —grité —. Me voy a por un buen puñado de dippers.

Fuente:pinterest



Grité tanto que Marlo se despegó los auriculares de esas enormes orejas y aprovechó para pedirme que le trajese algunos también para él.

—Sí, pero tardaré un poco en volver.

—¿Por? —preguntó extrañado.

—Me voy a ir a lo de Tsunami a traerme un monitor que me resista.

—¿No tienes suficiente con los otros tres? Al menos hasta mañana. Ahora lo de Tsunami es lugar de tráfico intenso de zombies.

—Soy controlador de tráfico “aéreo”, ¿recuerdas? —contesté malhumorada.

Cogí mi chaqueta, las llaves y el ladrillo. Comprobé que llevaba dinero suficiente para una cosa o la otra y salí del apartamento farfullando, <<tráfico intenso de zombies, tráfico intenso de zombies…me la suda>>. El cuerpo, el cerebro…mi sangre pedía a gritos azúcar.

Bajé las escaleras de tres en tres. Si iba a ser el único ejercicio que hacía, al menos que pudiese catalogarse como “ejercicio intensivo”. El orden de acción sería el siguiente: primero los dippers y luego el monitor. Pese a que la tienda de electrónica de Tsunami quedaba justo en la esquina del edificio, mi necesidad de golosinas se traducía en imperiosa.

Crucé la calle sin mirar. Anduve durante doscientos metros, giré y caminé tres manzanas más hasta llegar a la tienda de La buena estrella en la que trabajaba Marcial a tiempo parcial. Era una rima demasiado fácil y desde que me la recitó sin darse cuenta, nos caímos bien.

Marcial era un chico de unos trentaitantos con el pelo agradecido, la mirada despierta y el bolsillo dependiente de dosis ingentes de libros. La tarde que nos conocimos fue porque nos encontramos comprando un kebab en el lo de Hussein. Yo no le conocí. Ando por la calle pero en realidad no estoy ahí cuando camino, por lo que es complicado dedicar tiempo a mirar a la gente a la cara. Simplemente no me interesa nada de lo que puedan ofrecerme, pero Marcial se paró junto a mí en la cola de pedidos y me habló: “Hola, ¿no te acuerdas de mí? Soy Marcial Y, yo…esto…no. Y él: Sí…Marcial…el chico que trabaja en La buena estrella a tiempo parcial. Sonreí sabiendo que parecía casual pero que, en realidad aquella era otra de las muchas estrategias para ligar que tienen subrayadas los hombres. Un poco más original de lo normal pero, no sorprendente. Su perfil se catalogaba como inmaduro e inteligente patológico a partes iguales. Con el paso de los años y la confianza que se deriva de vernos una vez por semana para comprar chucherías durante varios años, me confesó que era un truco para ligar con mujeres y que, le solía funcionar bastante bien. Desde aquel momento de confesión me cayó mejor.

—Dame diez euros de dippers.

Marcial levantó la mirada de su libro sobre Antropología social y lo cerró. Se dirigió al bote donde almacenaban los dippers dentro de la nevera de los refrescos, lo acercó al mostrador con cierta pausa, para mi gusto innecesaria, y comenzó a contar en segundo plano.

—¿Qué? ¿Un mal día? —preguntó mostrando interés.

Normalmente mi compra rondaba los cinco euros pero como el toca pelotas de Marlo también quería, el gasto se duplicaba. De ahí que Marcial pensase que me pasaba algo. Salirse de la rutina conlleva consecuencias sociales previsibles. Aunque también sabía que inevitables.

—Pésimo —contesté cortante.

Se hizo un silencio incómodo. Sabía a la perfección que buscaba iniciar conversación, pero a mí no me interesaba ni lo más mínimo hablarle sobre la importancia de que un monitor de sobremesa tenga todos sus píxeles perfectamente iluminados para un buen funcionamiento cerebral si tu trabajo hace que pases entre doce y catorce horas delante de él. Era algo cuya comprensión estaba al alcance de muy pocos. ¿Para qué comenzar? ¿Para qué molestarse?

Marcial finalizó el recuento, metió todo en una bolsa de papel y se despidió respetando los silencios y las distancias.

De camino a casa pasé por la tienda de Tsunami para comprar el monitor. Entré y el tráfico zombi comenzaba a ser intenso. Tsunami se encontraba en pleno intercambio comercial de “cuchillas”.

—¡Qué pasa, Hash! —exclamó nada más verme entrar por la puerta —¿Qué necesitas esta vez?

—Un monitor y rápido. Veo que tienes gente —contesté mirando a aquella escoria a mi alrededor.

—¿Hasta dónde quieres que lleguen? —preguntó sabiendo a lo que me refería.

Tsunami era un profesional de la electrónica desde hacía más de treinta años. Estaba al tanto de todo lo último en tecnología. También se mantenía actualizado sobre sus consecuencias. Sobre todo, las que relacionadas con la psique.

—La capa más superficial, gracias —respondí nerviosa ya de ver a tanta gente automatizando las peticiones y pagando sin rechistar.

—No te lo vas a creer. Es tu día de suerte. Tengo un monitor LCD que lleva tu nombre. Lo encontraron en una sala del pánico en la colina de los pasteleros. Llevaba allí “desde la huida” —me susurró acercándose a mi oído.

La huida fue un acontecimiento mundial. Los pocos seres humanos que disponían de grandes fortunas, huyeron a unas islas submarinas indetectables por los radares gubernamentales. Desde allí, siguen intentando controlar los procesos productivos y a la población. Emergen a la superficie de forma aleatoria con fines perfectamente definidos. Y lo sé de primera mano porque, a veces, Marlo y yo trabajamos por encargo para ellos.

—¿En serio? –pregunté incrédula —. De ser así, me alegraba el día. La posibilidad de conseguir un monitor sin tecnología de última generación era prácticamente nula. De ahí mi cabreo supino por el fundido de mis tres píxeles en la parte superior izquierda de uno de mis monitores.

—Sí. Y, te voy a decir más. Puedes traerme el monitor para que le eche un vistazo.

—¿Qué te pasa hoy?

—Mira; me siento generoso.

Y una mierda. No le apodaban Tsunami porque el pensamiento colectivo que le rondaba tuviese gran capacidad inventiva. Tsunami era conocido por ser un ser despreciable. El ser al que te gustaría tener más alejado de ti si todavía te quedaba moral o decencia. Sin embargo, no era mi caso. Trataba con él porque business are business.

—¿Cuánto tiempo nos conocemos, Tsunami?

—Hum…déjame que piense…—dijo dirigiendo la mirada al techo—. Pues…unos cuantos años.

—Entonces, ¿me estás diciendo que no vas a pedir nada a cambio de este excelente tesoro?

—Exacto. Ahora no necesito nada.

—Lo cual quiere decir que la palabra clave de esta conversación es “Ahora”.

—Pues va a ser cierto que me conoces bien…—dijo alejándose hacia el almacén.

Cuando regresó llevaba consigo una caja de cartón. Dentro se encontraba el monitor LCD más antiguo que había visto en persona. Carecía de cámara web e incluso, de altavoces. Sin duda, una gran adquisición que, esperaba me durase al menos otros diez años más.

Fuente: pinterest


---
Versión según la IA

La primera vez que me prohibieron los dippers tenía doce años. Fue en el colegio. Una cuidadora me lo comunicó con educación durante el recreo. Desde entonces, se convirtieron en mi debilidad. Mi único punto vulnerable.

Eran las siete de la tarde. Llevaba todo el maldito día trabajando como un animal incapaz de detenerse, aunque el premio no fuese más que un trozo de carne tras siete días sin probar bocado. En mi caso, tecleaba. Mi trofeo era la posibilidad de controlar, cada vez con mayor precisión, ese minúsculo mundo virtual. En segundo plano, de forma casi imperceptible, mi inconsciente centraba su atención en dos píxeles fundidos de la pantalla, que llevaban meses desafiándome. El tercer píxel fue el detonante del cambio.

—Me voy. ¡A la mierda! —grité con tanta fuerza que Marlo se arrancó los auriculares de esas orejas enormes y aprovechó para pedirme que le trajera un par también.

—Voy a por un buen puñado de dippers.

—Sí, pero tardarás un rato en volver.

—¿Por qué? —preguntó, extrañado.

—Voy a casa de Tsunami a por un monitor que aguante.

—¿No te basta con los otros tres? Al menos hasta mañana. Ahora, lo de Tsunami es un foco de tráfico intenso de zombis.

—Soy controladora de tráfico “aéreo”, ¿recuerdas? —respondí con fastidio.

Agarré la chaqueta, las llaves y el ladrillo. Comprobé que llevaba dinero suficiente para una cosa o la otra, y salí del apartamento mascullando: tráfico intenso de zombis, tráfico intenso de zombis… Me la suda. El cuerpo, el cerebro… mi sangre clamaba azúcar.

Bajé las escaleras de tres en tres. Si iba a ser el único ejercicio del día, que al menos pudiera considerarse "intensivo". El orden de acciones sería claro: primero los dippers, luego el monitor. Aunque la tienda de electrónica de Tsunami quedaba en la esquina del edificio, mi necesidad de golosinas era imperiosa.

Crucé la calle sin mirar. Caminé doscientos metros, giré a la izquierda y recorrí tres manzanas más hasta llegar a La Buena Estrella, donde trabajaba Marcial a tiempo parcial. Era una rima demasiado evidente, y desde que me la soltó sin darse cuenta, nos caímos bien.

Marcial era un hombre de unos treinta y tantos, con el pelo bien cuidado, la mirada despierta y el bolsillo dependiente de dosis ingentes de libros. Nos conocimos una tarde, en la tienda de Hussein, comprando un kebab. Yo no lo reconocí. Camino por la ciudad, pero en realidad nunca estoy del todo ahí. Es difícil interesarme por las caras ajenas cuando el mundo exterior apenas me roza. Pero Marcial se detuvo a mi lado en la cola y me habló:

—Hola, ¿no te acuerdas de mí? Soy Marcial.

—No —respondí.

—Marcial… el chico de La Buena Estrella.

Sonreí. Sabía que fingía casualidad, pero en realidad era solo una de esas estrategias de ligoteo subrayadas en manuales masculinos. Un poco más elaborada que la media, pero nada sorprendente. Su perfil: inmaduro e inteligente, en partes casi patológicas. Con los años, y tras verlo semanalmente para comprar chucherías, confesó que era un truco recurrente… y que solía funcionar. Desde entonces, me cayó mejor.

—Dame diez euros de dippers.

Marcial alzó la vista de su libro de Antropología social y lo cerró con cuidado. Se acercó al bote de los dippers, guardado en la nevera de bebidas, lo trajo al mostrador con una pausa innecesaria —al menos para mi gusto—, y comenzó a contar en silencio.

—¿Qué? ¿Mal día? —preguntó, fingiendo interés.

Normalmente compraba por cinco euros, pero como el pesado de Marlo también quería, el gasto se duplicaba. Por eso Marcial sospechaba que algo iba mal. Desviarse de la rutina tiene consecuencias sociales inevitables.

—Pésimo —respondí, cortante.

Se hizo un silencio incómodo. Sabía que buscaba entablar conversación, pero no tenía la más mínima intención de explicarle la importancia de que un monitor de sobremesa tenga todos sus píxeles perfectamente iluminados cuando tu trabajo exige doce o catorce horas diarias frente a él. Era un detalle cuya relevancia escapaba a casi todos. ¿Para qué empezar? ¿Para qué molestarse?

Marcial terminó de contar, metió los dippers en una bolsa de papel y se despidió, respetando mis silencios y distancias.

De regreso a casa, pasé por la tienda de Tsunami. El tráfico de zombis ya era intenso. Tsunami estaba en medio de un intercambio de “cuchillas”.

—¡Qué pasa, Hash! —exclamó al verme entrar—. ¿Qué necesitas esta vez?

—Un monitor. Y rápido. Veo que estás ocupado —dije, echando un vistazo a aquella escoria.

—¿Hasta dónde quieres que llegue? —preguntó, sabiendo a qué me refería.

Tsunami llevaba más de treinta años en electrónica. Estaba al día de todas las novedades tecnológicas, y también de sus consecuencias, especialmente las que afectaban a la psique.

—Solo la capa superficial, gracias —respondí, ya nerviosa ante tanta gente automatizando pedidos y pagando sin pestañear.

—No te lo vas a creer. Es tu día de suerte. Tengo un monitor LCD que lleva tu nombre. Lo encontraron en una sala del pánico, en la colina de los Pasteleros. Llevaba allí “desde la huida”.

La Huida fue un acontecimiento global. Los pocos humanos con grandes fortunas huyeron a islas submarinas indetectables por radares gubernamentales. Desde allí, aún intentan controlar los procesos productivos y a la población. Emergen a la superficie de forma aleatoria, con fines precisamente definidos. Y lo sé de primera mano: a veces, Marlo y yo trabajamos por encargo para ellos.

—¿En serio? —pregunté, incrédula.

Sería un alivio. Conseguir un monitor sin tecnología de última generación era prácticamente imposible. De ahí mi enfado monumental por el fundido de tres píxeles en la esquina superior izquierda de uno de mis monitores.

—Sí. Y te diré más: puedes traérmelo para que le eche un vistazo.

—¿Qué te pasa hoy?

—Mira, me siento generoso.

Y una mierda. No le llamaban Tsunami porque tuviera ideas colectivas brillantes. Era conocido por ser despreciable. El tipo que uno querría mantener a distancia si aún le quedara moral o decencia. Pero yo no tenía ese lujo. Trataba con él porque business are business.

—¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Tsunami?

—Hum… déjame pensar… —dijo, mirando al techo—. Unos cuantos años.

—Entonces, ¿me estás diciendo que no vas a pedir nada a cambio de este tesoro?

—Exacto. Ahora no necesito nada.

—Lo que significa que la palabra clave aquí es “ahora”.

—Pues parece que me conoces bien… —dijo, alejándose hacia el almacén.

Cuando regresó, traía una caja de cartón. Dentro, el monitor LCD más antiguo que había visto en persona. Sin cámara web, sin altavoces. Una adquisición perfecta, que esperaba que me durara al menos otros diez años.



---

The first time they banned dippers for me, I was twelve. It happened at school. A caretaker told me gently during break time. Since then, they’ve been my weakness. My only vulnerability.

It was seven in the evening. I’d spent the whole bloody day working like an animal that doesn’t know when to stop—its reward merely a scrap of meat after seven days without food. In my case, I was typing. My prize was the ever-increasing control over a tiny virtual world. In the background, almost imperceptibly, my subconscious had been fixating on two fused pixels on the screen—ones that had been misbehaving for months. The third pixel was the turning point.

—I’m out. Screw this! —I shouted so loudly that Marlo ripped the headphones off his enormous ears and seized the moment to ask me to bring him a pair too.

—I’m going for a good handful of dippers.

—Yeah, but you’ll be a while.

—Why?

—I’m going to Tsunami’s to get a monitor that can last.

—Don’t you have enough with the other three? At least until tomorrow. Right now, Tsunami’s place is a hotspot for zombie traffic.

—I’m an air traffic controller, remember? —I snapped.

I grabbed my jacket, keys, and brick. Checked I had enough cash for one thing or the other, and left the flat muttering: zombie traffic, zombie traffic… couldn’t care less. My body, my brain… my blood was screaming for sugar.

I took the stairs three at a time. If this was the only exercise I’d get, it might as well qualify as “intense”. The order of operations was clear: dippers first, then the monitor. Despite Tsunami’s electronics shop being right on the building’s corner, my craving for sweets was urgent.

I crossed the street without looking. Walked two hundred metres, turned left, and covered three more blocks until I reached La Buena Estrella, where Marcial worked part-time. It was too easy a rhyme, and ever since he’d recited it without realising, we’d gotten along.

Marcial was a man in his early thirties—well-kept hair, sharp eyes, and a wallet sustained by heavy doses of books. We met one afternoon at Hussein’s kebab stand. I didn’t recognise him. I walk through the city, but I’m never really there. It’s hard to spare attention for strangers’ faces when the outside world barely touches me. But Marcial stopped beside me in the order queue and spoke:

—Hi, don’t you remember me? I’m Marcial.

—No —I said.

—Marcial… the guy from La Buena Estrella.

I smiled. I knew he was faking casualness, but it was just another one of those dating tricks men underline in their mental manuals. Slightly more elaborate than average, but nothing surprising. His profile: immature and pathologically intelligent in equal parts. Years later, after seeing each other weekly for sweets, he confessed it was a recurring pickup line—and that it usually worked. From that moment on, I liked him more.

—Ten euros’ worth of dippers.

Marcial lifted his gaze from his Social Anthropology book and closed it carefully. He walked to the dipper jar in the drinks fridge, brought it to the counter with an unnecessary pause—unnecessary in my opinion—and began counting silently.

—Rough day? —he asked, showing interest.

Normally I spent around five euros, but since Marlo the pest wanted some too, the cost doubled. That’s why Marcial suspected something was wrong. Deviating from routine has predictable social consequences. Though, admittedly, inevitable ones.

—Terrible —I replied curtly.

An awkward silence followed. I knew perfectly well he wanted to start a conversation, but I had zero interest in explaining why a desktop monitor must have every pixel perfectly lit when your job demands twelve to fourteen hours in front of it. That understanding was beyond most people. Why begin? Why bother?

Marcial finished counting, packed everything into a paper bag, and said goodbye—respecting silences and distances.

On my way back, I stopped by Tsunami’s to buy the monitor. I walked in, and zombie traffic was already intense. Tsunami was mid-transaction, trading “blades”.

—What’s up, Hash! —he shouted as soon as he saw me—. What do you need this time?

—A monitor. Fast. I see you’re busy —I said, glancing at the scum around.

—How deep do you want it? —he asked, knowing exactly what I meant.

Tsunami had been in electronics for over thirty years. He kept up with every technological advance—and its consequences, especially those affecting the psyche.

—Just the surface layer, thanks —I replied, already uneasy watching so many people mindlessly placing orders and paying without protest.

—You won’t believe it. It’s your lucky day. I’ve got an LCD monitor with your name on it. Found it in a panic room on Pastry Hill. It’s been there “since the Exodus”.

The Exodus was a global event. The few humans with vast fortunes fled to undetectable underwater islands, hidden from government radars. From there, they still try to control production and populations. They surface randomly, for precisely defined purposes. And I know this firsthand—sometimes Marlo and I work on commission for them.

—Seriously? —I asked, incredulous.

It would make my day. Finding a monitor without cutting-edge technology was practically impossible. Hence my towering rage over the three burnt pixels in the top-left corner of one of my screens.

—Yes. And I’ll tell you more—you can bring it back so I can check it over.

—What’s gotten into you today?

—Look, I’m feeling generous.

Like hell. They didn’t call him Tsunami because his collective thinking was particularly creative. Tsunami was known to be despicable. The kind of person you’d keep at arm’s length if you still had morals or decency. But that wasn’t my case. I dealt with him because business is business.

—How long have we known each other, Tsunami?

—Hmm… let me think… —he said, eyes to the ceiling—. A few years, at least.

—So you’re telling me you won’t want anything in return for this exceptional treasure?

—Exactly. I don’t need anything right now.

—Which means the keyword in this conversation is “right now”.

—Well, looks like you know me well… —he said, walking off to the storage room.

When he returned, he carried a cardboard box. Inside was the oldest LCD monitor I’d ever seen in person. No webcam, no speakers. A perfect acquisition—one I hoped would last me at least another ten years.

---

我第一次被禁止吃“迪珀斯”(dippers)时,才十二岁。那是学校的事。一位生活老师在课间休息时非常礼貌地通知了我。从那时起,它们就成了我的软肋,我唯一的弱点。

傍晚七点。我一整天都像一头不知疲倦的牲畜般工作着——哪怕奖赏只是在七天滴水未进后得到的一块肉。而我的“肉”,是逐步掌控那个微小虚拟世界的可能性。潜意识里,我的注意力早已悄然集中在屏幕上两个融合的像素上,它们已作乱数月。第三个像素的熄灭,成了转折点。

“我走了。去他妈的!”我大喊一声,声音之大,让马洛(Marlo)猛地扯下他那对大耳朵上的耳机,顺带让我也帮他带一副。

“我去买一大包迪珀斯。”

“行,但你会回来得晚。”

“为什么?”我问,感到奇怪。

“我要去海啸(Tsunami)那儿换台耐用点的显示器。”

“你那三台还不够用?至少撑到明天吧。现在海啸那儿全是‘丧尸’,交通密集得很。”

“别忘了,我可是‘空中’交通管制员。”我烦躁地答道。

我抓起夹克、钥匙和那块“砖头”,确认身上带的钱够买一样东西,便走出公寓,嘴里嘟囔着:“丧尸交通密集?丧尸交通密集?我才不在乎。” 身体、大脑……我的血液在嘶吼着要糖。

我三级台阶一跨地冲下楼。如果这是今天唯一的运动,至少也算得上“高强度”。行动顺序很明确:先买迪珀斯,再取显示器。尽管海啸的电子店就在楼角,但我对甜食的渴望更为迫切。

我横穿马路,看都不看一眼。走了二百米,左转,再走三个街区,来到“好兆头”(La Buena Estrella)商店,马尔西亚尔(Marcial)在那里做兼职。这名字押韵得太过明显,自从他无意中念出来后,我们就合得来了。

马尔西亚尔三十出头,头发整洁,眼神敏锐,钱包则依赖于大量书籍的供养。我们初次见面是在侯赛因(Hussein)的烤肉店。我没认出他。我走在街上,但其实并不在场——我很少花时间去注视路人的脸。我根本不在乎他们能提供什么。但那天,马尔西亚尔排在我身后,开口道:“嗨,你不记得我了吗?我是马尔西亚尔。”
“不。”
“马尔西亚尔……在‘好兆头’兼职的那个。”
我笑了。我知道他装作偶遇,其实不过是男人勾搭女人的又一招数,略显巧妙,却不出意料。他的形象可归为“病态聪明”与“心理不成熟”的混合体。多年后,随着每周一次买零食的熟络,他坦白这招常奏效。从那一刻起,我对他印象变好了。

“给我十欧元的迪珀斯。”

马尔西亚尔从《社会人类学》一书中抬起眼,合上书页。他走向冷藏柜里的迪珀斯罐,动作缓慢地将罐子端到柜台——在我看来,这停顿毫无必要——然后开始默默计数。

“怎么?今天不顺?”他问,带着关切。

我平时只买五欧元,但马洛这个烦人精也要,所以花销翻倍。难怪马尔西亚尔觉得我有心事。偏离日常,总会引发可预见的社会反应,尽管不可避免。

“糟透了。”我冷冷地答。

一阵尴尬的沉默。我知道他想搭话,但我根本不想解释:当你的工作要求你每天面对屏幕十二到十四小时,为什么显示器的每一个像素都必须完美点亮。这种理解,极少有人能懂。何必开口?何必费力?

马尔西亚尔数完,把东西装进纸袋,默默告别,尊重我的沉默与距离。

返程时,我顺道去海啸的店取显示器。刚进门,丧尸流量已十分密集。海啸正忙着交易“刀片”。

“哈希!什么风把你吹来了?”他一见我就喊道,“这次要什么?”

“显示器,要快。我看你挺忙的。”我环顾四周,那些渣滓。

“你想深入到哪一层?”他问,知道我所指。

海啸在电子行业干了三十多年,对最新技术了如指掌,也清楚其后果,尤其是对心理的影响。

“最表层就行,谢谢。”我已因眼前这群人机械地下单、无条件付款而感到焦躁。

“你不会信的。今天是你走运。我有台LCD显示器,简直就是为你量身定做的。它是在‘糕点山’的避难室里发现的,从‘大逃亡’起就一直藏在那里。”他凑近我耳边低语。

“大逃亡”是一场全球性事件。少数拥有巨额财富的人类逃往政府雷达无法探测的水下岛屿。他们至今仍在暗中操控生产与人口,不定期浮出水面,执行特定任务。而我对此了如指掌,因为有时我和马洛会为他们接单工作。

“真的?”我难以置信地问。

如果是真的,那真是雪中送炭。如今几乎不可能弄到没有最尖端技术的显示器。这也是我因左上角三个像素烧毁而暴怒的原因。

“是的。而且,我可以告诉你:你可以拿回来让我检查。”

“你今天怎么了?”

“听着,我今天心情好。”

鬼才信。人们叫他“海啸”,绝不是因为他有集体智慧的创造力。海啸是个卑劣之徒,是那种你若尚存道德或廉耻,就绝不想靠近的人。但我不一样。我和他打交道,只因“生意就是生意”。

“我们认识多久了,海啸?”

“嗯……让我想想……”他抬头望向天花板,“好几年了。”

“所以你是说,你愿意无偿把这无价之宝给我?”

“没错。我现在什么都不需要。”

“也就是说,这句话的关键词是‘现在’。”

“看来你确实挺了解我……”他说着,走向仓库。

他回来时,手里拿着一个纸箱。里面是我在现实中见过最古老的LCD显示器,没有摄像头,甚至没有扬声器。这无疑是一次绝佳的收获,我希望它至少还能再撑十年。


---

Впервые мне запретили «дипперсы», когда мне было двенадцать. Это случилось в школе. Воспитательница сообщила мне об этом очень вежливо, во время перемены. С тех пор они стали моей слабостью. Моей единственной уязвимостью.

Было семь вечера. Я провела весь проклятый день за работой, как животное, не знающее, когда остановиться, даже если награда — кусок мяса после семи дней голодовки. В моём случае я печатала. Мой кусок мяса — возможность всё сильнее контролировать крошечный виртуальный мир. На заднем плане, почти незаметно, моё подсознание фокусировалось на двух слившемся пикселях на экране, которые уже несколько месяцев вели себя странно. Третий пиксель стал точкой перелома.

— Ухожу. К чёрту всё! — крикнула я так громко, что Марло оторвал наушники от своих огромных ушей и тут же попросил меня привезти пару и ему.

— Я иду за приличной горстью дипперсов.

— Да, но ты задержишься.

— Почему? — спросил он с удивлением.

— Я заеду к Цунами, заберу монитор, который продержится.

— Разве тебе не хватит трёх других хотя бы до завтра? Сейчас у Цунами — зона интенсивного движения зомби.

— Я же диспетчер «воздушного» движения, помнишь? — ответила я раздражённо.

Я схватила куртку, ключи и «кирпич». Проверила, хватит ли денег либо на то, либо на другое, и вышла из квартиры, бормоча: интенсивное движение зомби, интенсивное движение зомби… Мне наплевать. Тело, мозг… моя кровь кричала о сахаре.

Я спускалась по лестнице через три ступеньки. Если это будет единственная физическая нагрузка за день, пусть хотя бы будет «интенсивной». Порядок действий был ясен: сначала дипперсы, потом монитор. Хотя магазин Цунами находился прямо на углу здания, потребность в сладостях была неотложной.

Я перешла улицу, не глядя. Прошла двести метров, повернула и прошла ещё три квартала — до магазина «Хорошая звезда», где Марсьяль работал неполный день. Это была слишком простая рифма, и с тех пор, как он произнёс её случайно, мы поладили.

Марсьяль — мужчина лет тридцати с лишним, с аккуратными волосами, живым взглядом и кошельком, зависящим от огромных доз книг. Мы познакомились однажды вечером, когда встретились в лавке Хусейна, покупая кебаб. Я его не узнала. Я хожу по улице, но на самом деле меня там нет — мне трудно тратить время на то, чтобы смотреть людям в лицо. Мне просто неинтересно то, что они могут предложить. Но Марсьяль остановился рядом в очереди и заговорил:
— Привет, ты не помнишь меня? Я Марсьяль.
— Нет.
— Марсьяль… парень из «Хорошей звезды».
Я улыбнулась, понимая, что он делает вид, будто это случайность, но на деле это был один из многочисленных схем соблазнения, выделенных мужчинами в их мысленных заметках. Чуть оригинальнее обычного, но не удивительно. Его профиль — несозревший и патологически умный в равных долях. С годами, с ростом доверия от встреч раз в неделю за конфетами, он признался, что это приём для знакомства с женщинами, и что обычно работает неплохо. С того момента он мне понравился больше.

— Дай десять евро дипперсов.

Марсьяль поднял взгляд от книги по социальной антропологии и закрыл её. Он подошёл к банке с дипперсами в холодильнике для напитков, поднёс её к прилавку с паузой, которая показалась мне ненужной, и начал считать молча.

— Что? Плохой день? — спросил он с интересом.

Обычно я тратила около пяти евро, но так как надоедливый Марло тоже хотел, расходы удвоились. Поэтому Марсьяль подумал, что со мной что-то не так. Выход из рутины влечёт предсказуемые социальные последствия. Хотя и неизбежные.

— Ужасный — резко ответила я.

Наступило неловкое молчание. Я прекрасно знала, что он пытается завязать разговор, но мне совершенно не хотелось объяснять, насколько важно, чтобы у настольного монитора все пиксели были идеально подсвечены, если твоя работа требует 12–14 часов перед ним. Понимание этого было доступно немногим. Зачем начинать? Зачем утруждать себя?

Марсьяль закончил подсчёт, положил всё в бумажный пакет и попрощался, уважая молчания и дистанции.

По пути домой я зашла в магазин Цунами за монитором. Вошёл — и движение зомби уже было интенсивным. Цунами как раз завершал коммерческий обмен «лезвиями».

— Ну что, Хэш! — воскликнул он, едва увидев меня. — Что на этот раз нужно?

— Монитор. И быстро. Вижу, у тебя народу — спросила я, оглядывая эту шушеру.

— Насколько глубоко хочешь? — спросил он, зная, о чём я.

Цунами был профессионалом в электронике больше тридцати лет. Он знал всё о новейших технологиях и следил за их последствиями, особенно за теми, что касались психики.

— Только поверхностный слой, спасибо — ответила я, уже нервничая от вида стольких людей, автоматически оформляющих заказы и платящих без возражений.

— Ты не поверишь. Твой день удачи. У меня есть LCD-монитор с твоим именем. Его нашли в бункере на Холме Пекарей. Он там был «с самого Бегства» — прошептал он, приблизившись к моему уху.

«Бегство» — это было глобальное событие. Несколько человек с огромными состояниями бежали на скрытые подводные острова, недоступные для правительственных радаров. Оттуда они до сих пор пытаются контролировать производственные процессы и население. Они появляются на поверхности случайно, с чётко определёнными целями. И я знаю это из первых рук, потому что иногда Марло и я работаем на них по заданию.

— Серьёзно? — спросила я, не веря.

Если это правда, это меня бы порадовало. Возможность получить монитор без технологий последнего поколения была практически нулевой. Отсюда мой ярый гнев из-за трёх сгоревших пикселей в левом верхнем углу одного из моих мониторов.

— Да. И скажу больше: ты можешь привезти его, чтобы я его осмотрел.

— Что с тобой сегодня?

— Слушай, я сегодня щедрый.

Чёрта с два. Не зря его звали Цунами. Не потому, что коллективные мысли, крутившиеся вокруг него, отличались особой изобретательностью. Цунами был известен как подлый тип. Тот, кого ты хотел бы держать как можно дальше, если у тебя ещё осталась мораль или достоинство. Но не в моём случае. Я имела с ним дело, потому что бизнес есть бизнес.

— Сколько мы уже знакомы, Цунами?

— Хм… дай подумать… — сказал он, устремив взгляд в потолок. — Ну… уже несколько лет.

— Так ты хочешь сказать, что не потребуешь ничего взамен за этот прекрасный клад?

— Именно. Сейчас мне ничего не нужно.

— Что означает: ключевое слово в этом разговоре — «сейчас».

— Похоже, ты меня хорошо знаешь… — сказал он, уходя на склад.

Когда он вернулся, у него была картонная коробка. Внутри — самый древний LCD-монитор, который я видела вживую. Без веб-камеры, даже без динамиков. Бесспорно, отличное приобретение, на которое я надеялась проживёт ещё как минимум десять лет.


Entradas más recientes Entradas antiguas Inicio

Quién ha pisado el césped

MÁS LEÍDO

VENTAJAS Y DESVENTAJAS DEL TETRA BRIK O DE CÓMO DEBERÁS APRENDER A VIVIR CON ELLO(II)

EN MIS REDES

POR TEMÁTICA

  • AFORISMOS 34
  • AFORISMOS ILUSTRADOS 40
  • CUENTO 9
  • FÁBULAS 1
  • HAIKU 10
  • METAFÍSICA 4
  • MICROCUENTO 3
  • OPINANDO 2
  • POEMAS 265
  • RECETAS 10
  • REFLEXIONANDO 117
  • RELATOS 174

Other languages

  • Stories (14)
  • Рассказы (14)
  • 故事 (14)

Licencia

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

AVISOS PAREADOS

Previo aviso del propietario interesado,
cualquier obra
(desde fotografía hasta grabado),
si no quiere ser mostrada
será retirada.

POR CAPÍTULOS

  • ABRE LA BOCA
  • ACLARACIONES
  • ALEJANDRA Y LOS CARACOLES
  • ANIMALARIO
  • BILLETES PARA EL YIN Y EL YANG
  • CARNÉ DE POMPERO
  • CASUALIDAD COINCIDENCIA Y GUERRA
  • COACHING CONFIDENCIAL
  • COMUGIFCACIÓN
  • Calypso
  • DIALOGOS ABSURDOS
  • DIÁLOGOS ABSURDOS
  • DOÑA PEPITA EN EL MERCADO
  • EL CINE QUE SOY
  • ELLO
  • EXTRAPOLACIONES
  • FASES AUDIOVISUALES
  • Gallina de los huevos de perla
  • INICIACIÓN A LA COMPRENSIÓN VISUAL DEL MUNDO
  • LA CHICA DEL TIEMPO
  • LA MITICPEDIA
  • LA SESIÓN DE HIPNOSIS
  • LA SEÑORA ABBOT
  • La patrulla ortográfica
  • METAFÍSICA
  • METRÓPOLIS
  • MICROCUENTO
  • NUESTRAS VISIONES
  • PERCEPCIONES DIARIAS
  • PUNTOS CARDINALES
  • SÍ MI COMANDANTE
  • parecidos razonables
  • retratos psíquicos

ENTRE MUCHOS, MÁS

  • A través del Uniberto.
  • A&E.Revista Obsidiana.
  • Anotaciones de un paseante
  • Autorretrato en espejo convexo
  • El blog de Carmen Pinedo
  • El blog de cívico
  • El electrobardo
  • El laberinto de la identidad
  • El lenguaje del aire
  • El poema del día.Asamblea de palabras
  • Emma Gunst. Poesía
  • Enanos en elefante.
  • Gloria Vilches
  • Kollage kit
  • Las servilletas son para el verano
  • Lecturas en el akantilado
  • Líneas sobre arte (y literatura, y cine y más..)
  • Mitología del olvido
  • Neurocienciacultura
  • Notas Diversas
  • Poemes visuals
  • Poetas del siglo XXI
  • Todo negro. Novela, cine y más.

Historial de historias

  • ▼  2026 (3)
    • ▼  febrero (1)
      • LLÁMALO HASH
    • ►  enero (2)
  • ►  2025 (14)
    • ►  diciembre (1)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  octubre (2)
    • ►  septiembre (1)
    • ►  agosto (1)
    • ►  julio (1)
    • ►  junio (1)
    • ►  mayo (1)
    • ►  abril (1)
    • ►  marzo (1)
    • ►  febrero (2)
    • ►  enero (1)
  • ►  2024 (52)
    • ►  diciembre (1)
    • ►  octubre (1)
    • ►  agosto (2)
    • ►  julio (1)
    • ►  junio (1)
    • ►  mayo (4)
    • ►  abril (5)
    • ►  marzo (19)
    • ►  febrero (17)
    • ►  enero (1)
  • ►  2023 (31)
    • ►  diciembre (2)
    • ►  noviembre (3)
    • ►  octubre (2)
    • ►  septiembre (3)
    • ►  agosto (2)
    • ►  julio (4)
    • ►  junio (5)
    • ►  mayo (1)
    • ►  abril (1)
    • ►  marzo (6)
    • ►  febrero (1)
    • ►  enero (1)
  • ►  2022 (20)
    • ►  diciembre (1)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  octubre (1)
    • ►  septiembre (1)
    • ►  agosto (1)
    • ►  julio (1)
    • ►  junio (1)
    • ►  mayo (1)
    • ►  abril (1)
    • ►  marzo (2)
    • ►  febrero (2)
    • ►  enero (7)
  • ►  2021 (12)
    • ►  diciembre (1)
    • ►  octubre (1)
    • ►  agosto (1)
    • ►  julio (1)
    • ►  junio (1)
    • ►  mayo (3)
    • ►  abril (2)
    • ►  febrero (2)
  • ►  2020 (23)
    • ►  diciembre (6)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  septiembre (2)
    • ►  agosto (1)
    • ►  julio (1)
    • ►  mayo (3)
    • ►  abril (1)
    • ►  marzo (5)
    • ►  febrero (3)
  • ►  2019 (29)
    • ►  diciembre (2)
    • ►  noviembre (3)
    • ►  octubre (4)
    • ►  septiembre (2)
    • ►  agosto (3)
    • ►  julio (2)
    • ►  mayo (2)
    • ►  abril (5)
    • ►  marzo (4)
    • ►  febrero (1)
    • ►  enero (1)
  • ►  2018 (61)
    • ►  diciembre (2)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  octubre (6)
    • ►  septiembre (4)
    • ►  agosto (5)
    • ►  julio (9)
    • ►  junio (6)
    • ►  mayo (4)
    • ►  abril (8)
    • ►  marzo (9)
    • ►  febrero (5)
    • ►  enero (2)
  • ►  2017 (96)
    • ►  diciembre (4)
    • ►  noviembre (9)
    • ►  octubre (7)
    • ►  septiembre (5)
    • ►  agosto (7)
    • ►  julio (8)
    • ►  junio (8)
    • ►  mayo (4)
    • ►  abril (9)
    • ►  marzo (12)
    • ►  febrero (11)
    • ►  enero (12)
  • ►  2016 (166)
    • ►  diciembre (18)
    • ►  noviembre (16)
    • ►  octubre (13)
    • ►  septiembre (9)
    • ►  agosto (19)
    • ►  julio (20)
    • ►  junio (17)
    • ►  mayo (11)
    • ►  abril (14)
    • ►  marzo (9)
    • ►  febrero (11)
    • ►  enero (9)
  • ►  2015 (273)
    • ►  diciembre (21)
    • ►  noviembre (30)
    • ►  octubre (27)
    • ►  septiembre (22)
    • ►  agosto (54)
    • ►  julio (64)
    • ►  junio (38)
    • ►  mayo (13)
    • ►  abril (2)
    • ►  marzo (2)

ARTE

  • Artesan.nato
  • Los cuadernos de Paul Klee Vol.1
  • Los cuadernos de Paul Klee. Vol.2

LITERATURA

  • A media voz
  • Caja de resistencia
  • Canibaal
  • Con voz propia en la red
  • El estante literario
  • El instante varado
  • Isliada
  • La piedra de Sísifo
  • Libros y Literatura
  • Los inadaptados
  • Poemas del alma.
  • Poesi.as
  • Poéticas
  • Por favor, lea poesía
  • Revista Dos disparos
  • Revista: Fervor de bahía Blanca
  • Salto al reverso

FILOSOFÍA

  • El vuelo de la lechuza
  • Filosofía en la red
  • La ciencia de la mula Francis
  • La máquina de Von Neumann
  • Papers filosóficos.
  • Revista Filosofía Hoy
  • Revista Logos

Copyright © 2017 Proyecto cara de col | Proyecto caracol . Created by OddThemes