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Delimita
el cómputo de verdades
letra a letra,
y quédate con algunas.
Unas pocas que supongan
elementos imprescindibles
de releer.
Halla en el interlineado
la ruptura de la norma con
la palabra clave.
Crea bigramas, trigramas y polifonías.
Cuida de las espaldas aumentadas
de las realidades tridimensionales
y de esa lista que aguarda
en tu memoria.
-¿Polifonías?
-Sí. Sí. Polifonías y tridimensionales.
Amenaza con ejecutar la orden del fin del mundo
si la guerra no se calcula más allá
de las fronteras de tu ego.
Convierte en sonámbulos de fase REM infinita
a todo aquel dist(r)i(n)to
no registrado por las pupilas.
Imagen eres y en imagen te convertirás.
¿No era esa la finalidad primera?
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Cuando lleguen
los días de fantasmas y precipicios
no me esperes.
No lo digo yo,
me lo susurra la luz universal.
Si tú conoces el poder
del fiel hilo traslúcido y manejable
yo soy la que lo a-borda.
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Así que;
no me esperes.
A ese campo de tiempo
golpeado por el viento
no acudiré.
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Observo,
con escasa perplejidad,
la seguridad por la que apuestas
a juegos de azar
(por etiquetarlos de alguna forma conocida)
y sonríes confiando
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en la llamada de lo salvaje
hipnotizadora del reptil alojado en mi subsuelo,
por ser infierno particular de los creyentes.
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Pero no.
A ese campo de viento
precipicio de los desprotegidos,
causa del mundo ascendente,
rótulo de neón irresistible para los incautos
tampoco acudiré.
Así que no me esperes,
Incluso,
si para la ocasión
lo adornas con el último baño del mismo fin del mundo,
templado con toallas de algodón egipcio
y sábanas a estrenar.
Porque no.
No acudiré.
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